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martes, 9 de marzo de 2010

SIN LUZ SOLO HAY SOMBRAS

Por: Inés Muñoz Aguirre
http://www.inesmunozaguirre.blogspot.com

José apretó el acelerador, estaba entrando en la ciudad a eso de las 10 de la noche. Al tomar la avenida principal pensó que se había equivocado y que como en un cuento de ficción había caído de un lugar a otro sin apenas darse cuenta. La oscuridad no le impedía ver la realidad. Aquella ciudad que en otras épocas había sido famosa por su iluminación, pasaba ante sus ojos convertida en una secuencia de fotogramas de sombras. Las vallas habían desaparecido sumiendo en un vacio de marcas, ofertas y productos a los conductores quienes se habían convertido en asiduos seguidores de fotografías, frases y propuestas surgidas del ingenio humano en su empeño de comprar y vender. Las luces de los postes estaban apagadas y tal como que si estuviera en medio de una carretera en el rincón más recóndito del país, el trayecto sólo era marcado por las luces del carro.
José sintió que aumentaba en él, la sensación de estar perdido en un túnel que lo conducía hacia el pasado; las cosas que pasaban en su ciudad de nacimiento no ocurrían en ninguna otra ciudad del mundo. Un franco retroceso, marcaba el día a día y aquella oscuridad no era otra cosa que la confirmación de cómo hay elementos que aunque no se quiera, son la prueba clara del avance o del retroceso – Esta oscuridad – pensó – nos está robando por completo la proyección de ciudad moderna que nos caracterizó en otros tiempos.
Los edificios apenas se perciben como grandes moles de cemento, apenas adornados de débiles luces que nos indican que aun hay gente viviendo en ellos. Gente sumidos en la misma oscuridad, que alienta la falta de energía, la posibilidad de la multa y la desesperanza. Estando ya muy cerca del distribuidor que lo sacará directamente hacia la urbanización hacia la cual se dirige, pone las luces altas para distinguir la vía con mayor precisión. No puede creer la soledad que hay en las calles; el paso apresurado de la poca gente que camina angustiada; la velocidad con que pasan a su lado los carros que parecen huir despavoridos de quien sabe cuántas cosas. En los cerros se distinguen largas hileras de luces blancas, provenientes de los miles de bombillos ahorradores, quizá el único avance logrado en medio de esta crisis.
Cuando finalmente José llega a su casa se encuentra que tiene que subir las escaleras, ya que los ascensores no están funcionando para contribuir al ahorro de energía. La subida lenta hacia el piso doce le hace descubrir que en los pasillos hay iluminación para un piso sí y para otro no. El encuentro repentino con uno de sus vecinos le hace saltar el corazón porque no logra distinguir de quien se trata y por momentos cree sentirse perdido bajo las amenazas de un ladrón. Al otro hombre le sucede lo mismo, difícilmente se logran distinguir en medio de aquella oscuridad que sólo les permite escuchar el sonido agudo de la respiración entrecortada y de unos corazones acelerados. Por momento viene a la mente de José aquella vieja costumbre de - ¿Quién anda, ahí? – Ansioso de escuchar la típica respuesta –Gente de paz. Cuando finalmente se descubren frente a frente, vuelven a la vida en el reconocimiento; el saludo cansado y el sueño de llegar sanos y salvos a donde van. Finalmente José entra en aquel espacio en el que se había acostumbrado a ver la ciudad desde el balcón; una ciudad viva; llena de múltiples colores; una ciudad que ahora lo sobrecoge porque sus pocas luces le dan la sensación de una ciudad abandonada. José sintió que inesperadamente una lágrima saltó por su mejilla, como respuesta a sus emociones encontradas y se quedó preguntándose a dónde había ido lo que una vez tuvo y hacia donde lo conducirían sus pasos.
La respuesta se quedó colgada de una sombra.